domingo, 18 de septiembre de 2016

Ausencio, un cómic contra la guerra en Colombia

En este CÓMIC las víctimas emergen de la nada como espectros y señalan el núcleo enfermizo de Colombia. Son dibujos para entender, historias para hacer memoria, historietas para señalar el dolor de la guerra y hacer presencia en el vacío que han dejado nuestros muertos.


Los dibujantes y escritores saben que la mirada se entrena. Después de mi viaje por Suramérica, mis dibujos y cuentos cambiaron. La mirada se hizo panteísta. Decidí entonces volver sobre una historia que ya había publicado en este blog y transformarla en cómic: Ausencio, que hace emerger a las víctimas de la desaparición forzada. Como espectros emergen de la nada y señalan el núcleo enfermizo de un país.

Más de 20 mil desaparecidos en Colombia. Sus familias se preguntan ¿Qué pasó con ellos y ellas? ¿Siguen con vida? ¿Volverán? ¿Murieron torturados? Y esperan que por lo menos el cuerpo aparezca, enterrarlo apropiadamente y sellar el duelo. Pero ¿dónde está el cuerpo?

La historia de Ausencio, publicada primero a manera de cuento ilustrado, se convierte en cómic. Esta es la primera parte, 20 páginas en blanco y negro. RECUERDA COMPARTIR EN TUS REDES SOCIALES, GRACIAS.

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¡ESPERA LA SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIETA!

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domingo, 10 de abril de 2016

Los rostros de Suramérica. Dibujos de un viaje mochilero


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Municipalidad de Chachapoyas, Perù.

Luego de perder mi cámara comencé a dibujar los recuerdos de mi viaje por Suramérica. En la ciudad de Cuenca, al sur de Ecuador, me despidieron de mi trabajo como recepcionista de un hostal. Allí comencé a vagar por las calles y las montañas en busca de historias. Estos retratos son una colección de vidas cotidianas, son el arte y la literatura en carne viva. El dueño de un restaurante que fue guerrillero, la madre que perdió a su hijo bajo un alud de tierra, un escritor gringo en el Amazonas, las víctimas de la guerra y la soledad. 


Ya en Perú, viajé por la carretera hasta que no hubo más carretera. A dedo, los camioneros me transportaban a cambio de una conversación. En general, la espera es poca. Pararse a la orilla de la ruta, con la mochila a los pies y el pulgar extendido, hasta que algún vehículo se detenga.  Conocí pequeñas poblaciones y hermosos paisajes antes de llegar a mi objetivo, Iquitos, una ciudad aislada en la selva peruana. Entre ellos, Chachapoyas, Cocachimba, la cascada de Gocta, la laguna de Pomacocha, Moyobamba, Tarapoto. Y la última parada en este trayecto al Amazonas peruano fue el puerto de Yurimaguas, desde donde tomé un barco a Iquitos. No había ya camioneros que me acercaran a esta ciudad, pues no hay más acceso que aéreo o acuático. El viaje de ida fueron 5 noches por el río Marañón hasta atracar en el río Amazonas. En Iquitos pasé un mes laburando en otro hostal. La salida fueron otras 5 noches en barco, bajando por el río Ucayali hasta la ciudad de Pucallpa. En una de esas noches, celebré año nuevo durmiendo en una hamaca contemplando los densos paisajes de la selva desde el barco.

Este es un resumen de mi itinerario, ya podrán enterrarse de más detalles con el libro que estoy preparando, en el cual se incluirán estos retratos e historias de vida, además de otros personajes y anécdotas.

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El señor Chuchuca.

Hace décadas el señor Chuchuca salió con un grupo de jóvenes ecuatorianos en apoyo a la revolución sandinista en Nicaragua.  Mientras recuerda cómo se embarcaron en Buenaventura, se acerca a mí con un almuerzo. Te lo regalo, me dice, entiendo que esos centavos te servirán más adelante en tu viaje, también mi viaje fue duro. Ya en Nicaragua, conoce a Antonio Navarro Wolf, exguerrillero del M19 y actual político colombiano. Antonio, dice Chuchuca, se encargaba de buscar aliados y a veces llegaba con unos rifles ¡Bonitos esos AK47! Con la sensatez de la edad, Chuchuca no ha abandonado sus convicciones revolucionarias pero sí ha renunciado a los medios armados. Ahora tiene 3 hijos.  Ellos serán la sexta generación que herede estas tierras en las montañas del sur ecuatoriano, donde su familia ha abierto una fonda. Él atrae a los clientes y su mujer está pendiente de las ollas al fuego. Junto a las mesas, un jardín hermoso que esconde una amapola. Un cliente grita a Chuchuca: ¿no le pondrá amapola a la sopa o sí?


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David.

David viaja con una guitarra cubierta de firmas. La madre de David, siendo joven, viajó desde su natal Alemania a España para asistir a un encuentro scout. Ella traía una guitarra para cantar alrededor del fuego junto a sus nuevos amigos. La alegría de esas noches fue tanta que cada amigo dejó su nombre escrito en la guitarra de la alemana. Y entre tantos garabatos se lee 'Iñaki', quién sería el futuro padre de David. Ahora David toca esta guitarra por las calles de Suramérica a cambio de unas monedas. Poco a poco, la ciudad que lo ha acogido, Cuenca, se convierte de una canción de amor a una elegía que lo empuja a irse a Perú. Todas las canciones suenan tristes en su voz.



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Israel.

Voy empapelando la ciudad de Cuenca (Ecuador) con la publicidad del taller de historieta que organizo. Entro a una tienda para dejar unos volantes y salgo de allí con trabajo. Israel ha abierto su tienda de tatuajes hace dos meses y necesita ayuda con unos dibujos que me encarga realizar. Su pasión es el dibujo, por eso ha estudiado diseño gráfico. Recuerda que de niño su padre le regaló un carro, pero no jugó a las carreras, lo primero que hizo fue pintar el juguete. Israel sabe que ningún dibujante muere de hambre si se dedica a la publicidad, sin embargo, el dibujo al servicio de grandes capitales promueve el engaño a la gente. Y gracias a esta convicción pasó del pincel a la aguja, del papel a la piel.


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Rosamelia Vásquez de Chichipe.

Rosamelia me dice que jamás pensó perder a su hijo tan tierno. Ella abandonó su pueblito natal para que su hijo estudiara la escuela secundaria en Chachapoyas. Luego él se prepararía como militar profesional en Lima. El hijo de Rosamelia sirvió al ejercito peruano por 30 años. Murió un domingo con el uniforme puesto, un mes antes de jubilarse. Lo enterró un alud. La madre no puede cobrar la pensión de su hijo, pues la ley señala que para eso el soldado debe morir en servicio. La muerte ocurrió un día de descanso. La ley peruana prohíbe a los militares morir los domingos. Ahora Rosamelia llora frente a mí, sentada entre los abarrotes y sacos de granos que vende para sobrevivir. Me dice que vuelva mañana a su puesto del mercado, pues traerá una foto de su hijo.


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Dag Walker.

Dag, escritor norteamericano, llegó a Iquitos a descansar unos días de su viaje por Sudamérica. Esos días se hicieron tres años y medio sumergido en la selva peruana, tiempo en el cual ha escrito 7 libros sobre la extraña ciudad de Iquitos. Sentado frente al hostal donde nos hospedamos, me cuenta que hay otros escritores en el Amazonas pero que ya han perdido la razón. Saca una bolsa de cigarrillos de mapacho, el tabaco que crece en la selva. Enciende uno.  Luego pelea con el casero porque debe un mes de renta. Yo debo servir de traductor entre los dos. Dag ha escrito un texto publicitario para el hotel de una rica señora limeña pero ella no le quiere pagar. Así que el casero tendrá que morderse la paciencia un poco más. Para los demás inquilinos, Dag es un loco, por eso nadie le habla. Sólo yo, que escucho sus historias que mezclan las aventuras de Indiana Jones y las tragedias griegas.



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María.

Para María, Cocachimba ha sido un caserío aburrido y agricultor, hasta que hace pocos años un alemán abrió paso entre la montaña hacia la cascada de Gocta. Entonces el pueblo se hizo turístico. Ahora cada mañana María se pone su chaleco de guía turístico, contenta de que hay trabajo. Sin embargo, la noche llega con tristeza. Un vaso de vidrio se estalla en la pared de la cocina. Los gritos de María se entrecruzan con los de su segundo esposo, un comerciante que quiere llevarse el dinero de ella, dizque para invertir. Ella extraña a su primer esposo, que murió hace ya 12 años. Aunque el turismo le ha cultivado amistades de todas partes del mundo, la soledad le agobia. Sabe que si su primer marido estuviese vivo, todo sería diferente. Pero ella no puede contra la muerte y acompaña sus penas con el loro Pepe, que trata como a un hijo.



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Percy.

Durante los cinco días de viaje en lancha entre Iquitos y Pucallpa, más de 300 personas abordan y acomodan sus hamacas junto a la mía. A pesar de esta multitud que me rodea, me aíslo leyendo y pensando en silencio. Mi única compañía es el brazo o la pierna del vecino que invade mi hamaca. No obstante, la soledad es rota por una voz humilde: "¿qué estás leyendo?".  Las narices de Percy casi se meten en el libro. Se muestra tan interesado en la novela que se la regalo. Él, un joven de cuerpo sano y fuerte, viaja para buscar trabajo en las plantaciones de palma de aceite. En el barco son más de 50 hombres los que, como Percy, se dirigen a los campamentos de palma. Percy me explica que pasará sus días, ausentes de cualquier derecho laboral, macheteando la espesura de la selva y esperando el almuerzo que trae una camioneta, allá en medio de la nada. Él, que ya tiene algo para leer en los descansos, desembarca contento. Luego de unos meses volverá a casa. Yo ya he visto a los que regresan del campamento, traen el cuerpo destrozado y exhausto.

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César.

En 1999, César recibió tres disparos detrás de la estatua de Pedro de Bastidas que adorna la ciudad de Santa Marta. Allí, en el caribe colombiano, ha trabajado como artesano por años. Vendía ranas que manufacturaba a partir de conchas marinas. Cada semana debía pagar 5 mil pesos a los paramilitares. Un día el dinero no le alcanzó para pagar este supuesto impuesto por la seguridad. Entonces las tres balas no se hicieron esperar. Como víctima de la guerra, marcha a Venezuela y Brasil, donde trabaja como minero, cotero, marinero. Pasa 15 años de errancia y exilio. Él. recién deportado de Ecuador, desea volver a su natal Leticia a través de la selva peruana. No tiene dinero para pagar la lancha que lo lleva de Iquitos a Leticia y un norteamericano que comprende su historia le alcanza un billete de 100 soles.



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La tripulación.

A César lo conozco en la lancha en que viajo de Yurimaguas a Iquitos. Iquitos es una ciudad aislada en la selva, de una cultura tan criminal como Nueva York y tan mágica como Macondo. En esta lancha conozco a un grupo de viajeros que hacen divertidas las largas jornadas en los ríos amazónicos. Y como César nunca se aprende nuestros nombres, siempre nos llama de acuerdo a nuestra nacionalidad. ¡Argentina, venga para acá! ¡Deje de coquetear con las francesas y comparta un cigarro conmigo! Unos meses atrás, Argentina renuncia a sus estudios de ingeniería luego de una crisis nerviosa y emprende un viaje para relajarse. Pero no logra mucha tranquilidad, pues César siempre interrumpe sus momentos de paz. Tan extrovertido como César es Perú, un artesano llamado Miguel, que compite con Venezuela, a ver quién canta más canciones. Perú me dice, oye Colombia, eres extraño, por momentos eres tan ruidoso como nosotros y luego de pronto te vas a tu hamaca a gozar del silencio. Yo acepto el cumplido, me voy a mi hamaca y al rato voy a conversar con las francesas. Les pregunto ¿qué es la culpa? Y responden sacando una bolsa de tabaco que ellas mismas cultivaron.


OTROS ENLACES:

PERDÍ MI CÁMARA, MEJOR DIBUJO EL VIAJE POR SURAMÉRICA

UN CUENTO PARA LOS QUE TIENEN MIEDO

LA NOSTALGIA DEL VIAJERO EN EL MUELLE DE GUAYAQUIL

HISTORIETA: CÒMO SOBREVIVIR A LA DROGA, LA POLICÍA Y LA FAMILIA



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domingo, 24 de enero de 2016

Perú, a dibujar con Mardoquea

Después de más de un mes internado en la selva peruana, llego a Lima para ofrecer una tarde de dibujo en la Libreria Arcadia Mediática. El Lunes 25 de enero de 6pm a 9 pm en el centro de Lima, Jr. Rufino Torrico 885 - cercado. Trae tus materiales para dibujar. Y recuerda que habrá venta de fanzines y retratos en caricatura.

Mardoquea es un escritor y dibujante colombiano que lleva viajando por Suramerica ya 6 meses, y aún quedan más países por visitar. Pronto estará en Bolivia. Lleva a cabo su proyecto de viaje literario, puedes leer más aquí.

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domingo, 29 de noviembre de 2015

Un cuento para viajeros y para los que temen salir de casa



 El Viaje Literario a Suramérica produce su propia literatura ilustrada. Literatura hecha en el camino. Este cuento de dos viajeros entreteje el amor y el miedo hasta confundirlos ¿Tienes temor de salir de tu casa? Te recomiendo la historia "El miedo tiene los ojos grandes".

 


El miedo tiene los ojos grandes
Por Ana Mardoquea

El plan es viajar por cada rincón de Colombia, pero llevan tres meses estancados en Bogotá. Camilo no puede comenzar este largo viaje sin antes visitar su ciudad natal, Bucaramanga, en donde sus padres lo esperan a él y a su mujer, que ha conocido en su estadía en México. ¿Mujer? ¿Dijiste que yo era tu mujer?, Eugenia reclama, di que soy tu compañera de viajes, diles eso a tus padres ¿o te da miedo? Ya deja de inventarte tanta excusa para no visitar a tus padres, ellos no están de vacaciones como tú dices. Claro que sí, responde Camilo, apenas ellos vuelvan a casa, nosotros vamos, saludamos y arrancamos a mochiliar de pueblo en pueblo. ¡Ay, Camilo! ¿No quieres ir a Bucaramanga, cierto? ¿Y si nos vamos para otro lado?

Dos años atrás, Camilo, ingeniero mecánico recién graduado, entra a trabajar en la fábrica de aceite de su padre. Se desconoce tanto a sí mismo que tarda dos años en entender que odia su profesión. A su orgullo le da asco ensuciarse de trabajo manual. Decide entonces viajar a México. Me tomaré unas vacaciones, dice a sus padres, no he hecho más que estudiar y trabajar.  Y como los ahorros no son suficientes, altera las cuentas de la fábrica y saca un dinero sin decir a nadie.

Durante sus primeros días en México derrocha el dinero en necesidades básicas: restaurantes gourmets, tequila, un sombrero mariachi que acaba por regalar. En su bolsillo quedan 150 dólares. Se ve obligado a continuar el viaje sin bufets, sin jacuzzis, sin la compañía de hombres respetados y mujeres de etiqueta. Y ahora, que mide el dinero como quien mide la dosis exacta de veneno, está rodeado de hombres malolientes y mujeres con matas de pelo en las axilas. Él no se siente uno de esos jipis, pero no le queda de otra que vivir como ellos, por lo menos mientras esté en México. En Colombia nadie se puede enterar de sus vergüenzas. Si alguien pregunta, no le ha faltado el jabón, tampoco sus compañeras nocturnas son las liendres de las sabanas.

Cada semana envía correos electrónicos a su familia, un reporte de los lujos de Cancún y Acapulco. Dice que no hace falta enviar fotos porque “la belleza de México hace recuerdos imborrables”. En realidad, su cámara ha sido robada y vive poseído por una cobarde paranoia. Desde su llegada, hace dos meses, no ha salido de su hostal en el DF.  Pasa el día leyendo el periódico, recorta las noticias y las pega en las paredes. Las atrocidades de narcos, mercenarios y cuchilleros cubren las ofertas turísticas y afiches de pirámides aztecas.  Camilo se sienta en el rincón solitario del bar a contemplar el collage de noticias; del otro lado, los demás huéspedes se reúnen en una sola carcajada. Camilo prefiere no reír. Cree que la risa invoca la desgracia. La desgracia, celosa por el gobierno ruidoso de la risa, la derroca con un movimiento repentino y silencioso.

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Camilo no es un cobarde, es un intelectual preocupado por la historia contemporánea de México. Y como cualquier intelectual, es un aficionado a la fotografía. Su foto favorita la tiene pegada sobre la cabecera de su cama, allí donde estaría el crucifijo. A ambos lados de la imagen se yerguen edificios casi futuristas, y un puente, cruzado por un Volkswagen, atraviesa la línea del horizonte. En el centro de la foto, un hombre ahorcado cuelga del mismo puente. Lo colgaron por soplón.

─En Colombia llamamos sapos a esos hijueputas que tu llamas chivatos.
─¿Hijueputas? Ja,ja, tus insultos son bien suaves.
─Ah claro, pero como ustedes ofenden con un balazo en la frente.
─No mames. Bastas con personalizarlo: hijo de tu puta madre.

Los huéspedes sólo saben que es colombiano. Para ellos, es una sombra que ocupa siempre el mismo sillón. Si alguno se acerca y ofrece alguna conversación, el colombiano responde con una enumeración automática de los muertos de Sinaloa o Sonora en la última semana. Dice los nombres, la razón de la muerte y luego calla. Nadie logra sacarle palabras de confianza.  Sólo una vez ha hablado de más, con una alemana. Coquetea con ella con detalles de los desmembramientos de cuerpos. Luego de guardarse las ganas de follar, enfurece contra todos los huéspedes del hostal. Para él, unos “mugrosos desadaptados”, viajeros con gustos obscenos por la naturaleza, las artesanías y los indígenas.

─Chairos se les dice aquí.
─Eugenia, tu eres una chaira, mírate, ese pelo tuyo parece una yuca, ja, ja, y ese vestido me marea de tantos colores.
─¡Cállate puto! Tu mareas con tanto aburrimiento y tus zapatillas Nike.

Camilo no duerme bien el hostal. Sus compañeros son ruidosos. Pero, más que eso, teme por su seguridad. Tiene sus ojos siempre abiertos para que no vuelvan a robarle.

─¡Relaja la raja! Camilo, eres un pendejo.
─¿Por qué?
─Tienes que confiar en la gente.
─¿Para que me roben otra cámara?

Eugenia ha suspendido sus estudios de arquitectura en la UNAM para viajar por México. Se financia el viaje con la venta de cuentos ilustrados, escritos y dibujados por ella misma. Así ha logrado recorrer el norte del país y ahora descansa en un hostal del DF para luego reanudar su viaje hacia el sur. En ese hostal encuentra un colombiano que pasa el día sentado en un sillón, en silencio. Eugenia cree que puede ayudar a este hombre notablemente atormentado. Si no puedo salvar a toda la humanidad, al menos a un tipo puedo ayudar.

─Camilo, ¿por qué te tapas la boca al hablar? Me recuerdas a un personaje de Roberto Bolaño.
─¿Tú también has leído a ese tipo? Yo no puedo con ese mamotreto, me lo recomendaron cuando vine aquí a México pero yo no es que lea mucho. Mira, hasta compré el libro.
─¡Venga para acá eso! Ah, Los detectives salvajes son chingones. Los besaría ya mismo.
─Pero si son sólo unos vagos perdidos que tienen sexo y no tienen nada qué hacer con sus vidas.
─Entonces sí has leído.
─Como sea. Tengo mal aliento, por eso me cubro la boca con la mano, tengo las tripas podridas.
─Eres Auxilio Lacouture.
─¿Quién?
─No has leído mucho, cuando avances te darás cuenta.

Pronto Camilo termina de leer la novela y deja a un lado los periódicos.  Los detectives salvajes tienen algo que él no tiene. Claro, son salvajes. Lo cierto es que devora la novela porque quiere un beso de Eugenia. Parece que ella no es una “mugrosa desadaptada” como el resto. La imagina con un vestido limpio, sentada en una oficina de arquitectos, atendiendo a ricos clientes con sus ojos grandes.

Una noche, cerrado ya el bar del hostal, los huéspedes continúan la fiesta sentados en la vereda de enfrente. Camilo conversa con un gringo borracho, sin perder de vista a Eugenia y sin quitarse la mano de la boca.  Una vez entre en confianza, Camilo olvida taparse la boca y usa sus manos para explicar el tema de la conversación. Su aliento pestilente no tiene obstáculo para invadir la nariz del borracho. Este gringo, mareado por la peste y el alcohol, vomita sobre Camilo. En ese momento una moto de policía se detiene frente a ellos y todos corren a esconderse en el hostal. Todos, menos Eugenia.

─Señorita, ¿sabe que beber en espacio público es ilegal?
─Sí, señor, pero esto es espacio del bar.
─Mejor cállese. Donde yo puedo escupir es espacio público ─y el policía escupe sobre el zapato de Eugenia─ mire, yo la puedo encarcelar, robar, violar y a mí nadie me pondrá un dedo encima ¿Qué hacemos?
─¿Cuánto quiere?

Camilo observa la humillación a Eugenia detrás de la ventana. Quiere salir a defenderla. Quiere ser el héroe que rescata a la princesa. Quiere ser salvaje. Entonces camina hacia el policía. Decidido, le gritará que se marche. No. Mejor se lo aconsejará. Justo cuando Camilo abre la boca, el policía huye. Una victoria, sin golpes ni palabras. El olor de Camilo, mezcla de vómito e indigestión perpetua, ha vencido al malvado. Camilo es un héroe.

Con el orgullo de haber salido invicto de su primer combate contra el mal, Camilo se arriesga a cumplir su propósito inicial junto con Eugenia: recorrer México. Ahora no para de hablar de sus hazañas. Dice que la cadena de oro en su pecho es el trofeo por haber golpeado a un narco. La cadena es delgada como un hilo amarillo, la enrosca en su dedo para mostrarla al tendero al que compra cigarrillos.

Pero Camilo es humilde. Acepta que él no es el único héroe, sino que cualquiera que nazca en su misma tierra es tan gallardo como un general de la Independencia o una rebelde que rompe los edictos de la corona. La verdad es que esa tierra montañosa es el hueco en la tierra donde más cobardes se esconden detrás del nombre de dos o tres compatriotas, que sí arriesgaron su culo.

Camilo enciende un cigarrillo y el televisor. Eugenia, mañana vamos al balneario, quiero un Martini y no pongas esa cara, esos lugares a los que tú quieres ir son feos y peligrosos. Cálmate, te invitaré dos martinis, si quieres.
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 El primer beso de Eugenia y Camilo es una situación poco romántica. En una fiesta en Xochimilco, Camilo prueba la marihuana. La parece una prueba de valor hacer lo que todos hacen. Camilo se enloda en sus pensamientos, tiembla y habla solo. Sostiene una conversación acelerada con sus padres, a quienes imagina untados en las paredes. Todos los demás en la fiesta, bailan. Él se lanza al suelo en retorcijones, quejándose que su crianza lo aprisiona. Grita que Roberto Bolaño tiene las piernas flácidas. A la vista de todos los invitados, se desnuda y se caga encima. Se revuelca en su mierda. Un joven lo patea. Otro le dispara con un rifle de balines metálicos.

A la mañana siguiente, Eugenia cura y limpia el cuerpo de su querido colombiano. Recorre su torso con un recorte de seda blanca. Delinea la silueta de Camilo. La tela adquiere un color, mezcla de rojo y café. Eugenia acaricia las heridas abiertas. Se inclina, pone sus pechos sobre el cuerpo cubierto de sangre y mierda seca. Y antes de dejar descansar al herido, lo cubre con una cobija y se despide con un beso en la boca.

Después de eso, no volvieron a hablar de probar el peyote.

Camilo se despierta con un bostezo que impregna el aire en la habitación con el olor de sus entrañas. Eugenia, ya despierta y aún desnuda, aprovecha el silencio de la mañana para leer. En sus manos, uno de sus libros favoritos “Instrucciones para vivir en México” de Jorge Ibargüengoitia. Cierra el libro y suspira. Suspira porque recuerda a sus padres. Ellos, decepcionados pues Eugenia abandonó la universidad en busca de la aventura del viaje, no permiten a su hija volver al hogar. No importa. Ahora no quiero volver, la tranquilidad de casa me molesta, quiero acción. Camilo se remueve lento entre las sábanas y, a petición de Eugenia, cuenta las anécdotas de su pasado en Colombia. Eugenia se emociona escuchándolas. Cree que con ese material puede escribir su propio libro, “Instrucciones para vivir en Colombia”, pero le hace falta pisar ese país para dar verosimilitud a su novela.

En tres meses, la pareja recorre todo el sur de México: los hoteles, las piscinas, las recepciones, los pasillos con un desfile de puertas extendiéndose a lado y lado. A veces, Eugenia es seducida por el deseo de aventurarse fuera de las paredes del hotel. Cuando eso pasa, Camilo le cierra la boca con un beso y pasan juntos el resto del día, desnudos. Camilo ha regresado a la lectura obsesiva de noticias.  

¿Eres feliz conmigo?, Eugenia pregunta a Camilo. Él calla, sabe que la palabra felicidad significa mucho para ella. Pero la felicidad nadie la puede ver. En cambio, los lujos y privilegios están a la vista de todos. Por eso los padres de Camilo no viajan. Si viajan, perderían la dignidad que han ganado entre la élite de su ciudad y no serían más que unos muebles viejos. No obstante, no se puede decir que Camilo carece de interioridad, sólo que la guarda tan íntimamente que no conoce el sol.

─Claro que soy feliz contigo.
─¿Entonces nos vamos juntos para Colombia?
─¿Quieres escuchar a mi madre hablar de mi? Ella te mostraría cada álbum fotográfico de la familia.
─¡Claro que sí!
─Bueno, vamos, pero ¿no irás vestida así o sí?

En Bogotá Camilo, vaciado de dinero, se enclaustra en un hotel del centro. Eugenia paga la habitación y la ración diaria de arroz con su trabajo de mesera. Durante las primeras semanas Eugenia se queja del encierro de Camilo con sus colegas del bar ¿Por qué sigues con ese vago? Mándalo a la mierda de una vez. Ustedes no lo conocen, Eugenia se defiende, él es lindo y además comenzará a trabajar una vez pisemos Bucaramanga. Cuando las quejas han fastidiado ya los oídos de sus colegas, Eugenia se hace una mujer silenciosa que circula como el agua entre las mesas y los borrachos.

Una noche de salsa en vivo, Camilo entra al bar. Todas las meseras, cual moscas chismosas, se adhieren a Eugenia. Lo único que ella les dice es que lo dejen en paz, Camilo no tiene dinero, no puede comprar nada, ignórenlo. Otra mesera afirma que él ya pagó una cerveza.

Bogotá es una ciudad costosa, pero Eugenia la pasa bien con el poco dinero que tiene. Mantiene breves e interesantes conversaciones con los clientes del bar. Los jefes le sirven platos gourmets en los descansos. No pelea con ebrios ni discute los turnos con sus compañeros de trabajo. Se siente chistosa con su uniforme, un delantal de jean, y sus Converse rojos viejos. Al final de cada noche recibe con alegría los billetes que guarda con recelo en su mochila.

Camilo se cubre la boca con la mano y pide una cerveza a Eugenia. Paga con un billete de cincuenta.

─¿Cincuenta mil? Andas millonario ¿De dónde sacaste este billete?
─De tu mochila. Lo siento, es que yo sólo tenía unas monedas, pero, tranquila, me tomo dos polas y el resto lo guardo.
─vale, me gusta que me visites en el trabajo.

Eugenia le entrega el cambio y el recibo de pagado. En el papel del recibo hace un garabato con un lapicero rojo. Camilo piensa que las meseras firman sus ventas. Es un corazón, dice ella, me salió deforme. Y se va sonriendo hacia la mesa de mujeres que gritan, mexicana, mexicana.

Los músicos comienzan a tocar. El bar está lleno. Dos tipos se sientan en la misma mesa de Camilo. Uno calvo y uno de gafas. El calvo habla con frases cortas y el otro, no se calla ni deja de retorcerse la nariz con los dedos de la mano derecha. El de gafas habla por su amigo. Dice que él estuvo con una mujer de la misma tierra de Camilo, hermosa ella, pero la perra huyó con el dinero del arriendo de tres meses. El calvo no confirma la historia, se queda en silencio. El de gafas ama a una australiana. No sé en dónde mierdas esté ella ahora, pero en un mes me caso con ella.

─¡Chilanga!─ Camilo llama a Eugenia.
─¿Qué quieres, colombianito?
─Otra cerveza.
─¿No dijiste que dos y ya?
─Este no es nuestro dinero, es mi nuevo amigo el que me está emborrachando.
─Somos los mejores amigos─ dice el calvo.
─Para celebrar eso tráenos una botella de escocés─ dice el de gafas, extendiendo un fajo de billetes de dos mil.
─Son ciento veinte mil.
─Lo sé, cuéntalos.

Una mujer, tambaleándose en sus tacones, baila con una botella y una mesera le apaga el cigarrillo que pretende encender dentro del recinto. En las mesas la gente brinda y canta y conversa a gritos.

Cada vez que Eugenia pasa junto a la mesa de los tres amigos, da un codazo a camilo o le suelta un comentario al oído. Mañana habrá un recital de poesía en el bar y me regalarán un libro. Y continúa con una bandeja de cervezas, Mira esa mesa de allá, son lesbianas, la de nariz perforada me está coqueteando. Camilo mira y, de las cinco narices de esas mujeres, de cuatro cuelga una argolla. Camilo responde a Eugenia, pero elige una para hacer un trío.
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─Oiga, esa mexicana lo quiere mucho─ dice el calvo.
─Es que uno se hace querer─ responde Camilo con vanidad.
─Así es mi australiana─ recuerda el de gafas─ ¿dónde estará esa malparida ahora?─ Su borrachera se torna melancólica. Sus celos se despiertan con cada hombre que pasa a su lado.
─Mejor piense que ella está en la casa y calme su imaginación─ le dice su amigo calvo.
─Tranquilo, fijo está en una orgía─ espeta Camilo.
─Pues la conocí en una fiesta bastante loca─ dice el de gafas, tomándose un trago─ mejor no la dejo salir.
─La chilanga esta─ dice Camilo señalando a Eugenia ─me enseñó la libertad ¿Para qué quiere a su mujer encerrada? Déjela salir a donde ella quiere.
─O enciérrese usted con ella─ dice el calvo a su amigo, ya descompuesto.
─Camilo tiene razón─ el tipo de gafas se incorpora en la silla ─que ella vaya a donde quiera y yo también haré lo que me entre en gana, y en el encuentro de eso, se dará el amor.
─¿Y si no se encuentran?

Camilo, ya ebrio, camina a la mesa de las cinco mujeres, levanta un billete sobre su cabeza y grita: ¡lesbianas, las invito a un trago! ¿Saben qué? Yo puedo con todas ustedes ¿Un trío? Eso es muy fácil, pregunten a la chilanga lo bueno que soy ¿O es que sólo quieren quedarse con ella? No me la quiten, mejor compartámosla, areperas, areperas, yo les curo esa maricada con una dosis de verga.

─¡Camilo, deja de ser pendejo y siéntate!─ Eugenia intenta calmar a Camilo y entonces ella nota el billete que él sacude en su mano.
─¿De dónde sacaste ese billete de cincuenta? ¿Son nuestros ahorros?
─Sí, sí─ responde Camilo, ebrio ─pero mañana te los pago.

Ni el tipo de gafas ni el calvo han gastado dinero esta noche. Camilo sabía que ninguna mesera le traería otra cerveza más, entonces le ha dicho al tipo de gafas, entregándole los ahorros en la mano, diga que es traqueto si quiere, mande a traer alcohol para nosotros con esta plata.

Ya todo ha pasado. La cabeza de Camilo sangra. La costilla rota no le incomoda tanto gracias a la borrachera. El hombre de seguridad vigila que Eugenia no salga a ayudarlo. Órdenes del jefe. Los dos amigos de Camilo, el calvo y el de gafas, han aprovechado el desorden de la pelea para huir con dos botellas de vodka. Eugenia cumple su deber hasta el final de la noche. No deja de escuchar en su cabeza los insultos proferidos a gritos contra Camilo. Recibe su paga de esa noche e ignora los consejos de su jefe. Eugenia no escucha nada del mundo exterior. Sólo piensa en cómo cuidarle la resaca a Camilo mañana por la mañana, comprará limones que son más baratos que las naranjas. El viaje a Bucaramanga tendrá que esperar un poco más.

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